Llega «Mundo Tóxico», un nuevo espacio de opinión. Por Niño Burbuja
Los que crecimos con Los Pitufos venimos de unos inviernos con matanza, el gorrino cogido por las orejas, chillando, a la mesa, y el tío o el abuelo, o papa, que le abre la garganta con un cuchillo de un palmo de hoja, de ancha, digo, y la tía o la abuela, o mama, recogiendo en un barreño la sangre, al tiempo que le da vueltas para que no se coagule, con un palo o con las manos.
«Cómo chilla el gorrino, eh», era el comentario terapéutico que nos dedicaban nuestros mayores, infantiles testigos, asombrados y curiosos, de una muerte cruda, sangrienta, dolorosa («Cómo chilla el gorrino, eh») y olorosa que, dentro de nuestro asombro, asimilábamos con naturalidad. Tanta, que a las tres y media de ese día de sangre y muerte estábamos sentados frente a la tele para ver a los tiernos e inocentes pitufos ya con parte del gorrino en nuestra barriga.
Entonces los gorrinos y los abuelos morían en casa.
Los que crecen con Bob Esponja tendrán noticia alguna vez de aquellas matanzas en casa de los (bis)abuelos, y conforme vayan necesitando maquinillas y compresas y se les despierte la conciencia cívica se echarán las manos a la cabeza y pensarán: «Cómo podrían».
Ellos van a seguir comiendo forro y lomo, y asarán morcillas y chorizos en la romería de la virgen, pero sus forros y sus lomos no habrán muerto de degollamiento casero sino en una sofisticada y piadosa cadena de sacrificio que empieza por el aturdimiento del animal. Esto les reconfortará.
Lo que va de Los Pitufos a Bob Esponja: el civismo, la humanidad, el respeto a los demás seres vivos, el gorrino que me jalo ha muerto sedado, como los pacientes del doctor Montes. No lo estropeemos preguntándonos qué hay antes de llegar al matadero, cómo son los meses de vida del gorrino, las semanas del pollo, la existencia entera de la vaca lechera que hace posible el Cola-Cao del niño.
Ahora respetamos más a los animales, los matamos con piedad y sólo por necesidad, ya no abandonamos a nuestras mascotas para irnos de vacaciones, eutanasiamos al perro ciego y viejuno con una inyección indolora y no con el escopetazo de Pascual Duarte, señalamos al que apalea a su pastor alemán o cuelga a los galgos que ya no corren, si la vecina te regala un pollo de corral por Navidad no hay Dios que lo quiera matar, que el abuelo ya murió, tampoco hay Dios que vaya ya a los toros (aunque siga siendo el segundo espectáculo de masas de este desastroso país).
No es mala cosa que seamos cada vez más cívicos y humanos, que desde nuestro privilegiado cargo de Reyes de la Creación seamos magmánimos con lo que va del mono hacia abajo, que se nos aflojen las ternillas al acariciar cachorro de yorkshire, que le bajemos un plato de leche a la gata preñada que merodea por nuestro patio.
El problema es que sin darnos cuenta hemos pasado de esa conciencia animalista moderada, guiada por el sentido común y los buenos sentimientos, a ponerle abrigo al perrito las tardes de invierno, a hacerle más revisiones veterinarias que al abuelo, a pagarle peluqueros y hasta entierro; hemos pasado de denunciar al hijo de puta que colgaba a sus galgos artrósicos a ponernos en pelotas para pedir la abolición de las corridas de toros, a organizar costosísimas (en tiempo y dinero) recogidas de firmas para prohibir los dichosos toritos, la caza o los abrigos de pieles; a comprometer una o dos tardes de nuestro escasísimo tiempo semanal en tareas de voluntariado en tal o cual ONG de recogida de gatitos y perritos. Y más.
Dejando aparte cuestiones que dan lugar a posturas enfrentadas y a su manera legítimas como los negocios de las pieles, los toros, la caza o la pesca del atún, ¿a quién le puede molestar que un perrito lleve abrigo o que una persona elija dedicar su tiempo libre a recoger animales callejeros? A nadie.
Hasta que te das cuenta de que el perrito con abrigo deja caer su caquita en la misma acera donde esta noche un señor, hijo de padre y madre, va a intentar dormir a bajo cero entre cartones, o de que esta tarde de domingo, mientras desparasitamos en la ONG al perrito callejero que rescatamos hace unos días, tan falto de cariño él, que es para comérselo, una anciana consume sola, en la residencia, sus últimos días; los hijos están paseando al perrito (con abrigo, que hace frío) y el nieto, aquel al que tanto le gustaba Bob Esponja, está en la ONG haciéndole monerías al chucho callejero ya desparasitado. Ahora hay que encontrarle un hogar donde le den cariño. Al perro, por supuesto.
Por fortuna, los negros de Somalia nunca sabrán que hay gente que se pone en pelotas en medio de la ciudad y se echa pintura por encima para luchar por los derechos de los bisones y los toros y que todavía no se ha quitado un calcetín para que ellos, los negros, puedan comer.
Ya hay quien pone a los animales a la altura de los seres humanos; es decir, que somos iguales; es decir, que si se hunde un barco y sólo hay sitio en el bote salvavidas para uno más, tú tienes las mismas opciones de ser elegido que el perro.
Las vueltas que le he dado a lo que pensarán los mendigos de Gran Vía cuando, tirados entre cartones, a dos bajo cero, ven pasar a su altura al yorkshire con abrigo, tiqui-tiqui-tiqui, y al final de la correa al dueño, también con abrigo, tan cívico y humano que no permite que su perro pase frío.
Foto portada: Cynr