- Lo que iban a ser cuatro escasos días ya van para más de una larga semana

Todo el que pase estos días por la puerta de mi casa se podrá dar cuenta de que me he metido en obras. Lo que iban a ser cuatro escasos días ya van para más de una larga semana, y lo que te rondaré morena. Un amigo me ha comentado que cuando alguien va hablando solo por la calle es porque está loco o está de obras. Yo creo que se me puede incluir en los dos grupos, y como siga así por mucho tiempo me hago un hueco en el primero de por vida.
Como los calores han hecho su aparición de repente, he accionado el botón del olvidado aire acondicionado del coche y he echado a andar hacia el punto limpio, a abandonar a su suerte ciertos objetos del hogar que ya no van a tener sentido en mi nuevo y reformado domicilio. Después de un rato largo de espera, he comprobado que el aire que salía de las rejillas de ventilación era mucho más caliente que el del exterior, por lo que he tenido que apagarlo y bajar las ventanillas. A la vista de los hechos he deducido que el aparato se había estropeado.
Con las mismas he marchado raudo hacia mi taller habitual, imaginando en mi mente el fajo de billetes que tenía que preparar para tamaña reparación. Mi cabeza sumaba los guarismos a los que la obra en casa me iba a deparar y, asustado, caí en la cuenta de que estaba teniendo una conversación en voz alta conmigo mismo, vamos, que estaba hablando solo. “No pasa nada Pedro, es que estás de obras”, me tranquilicé.
Ya en el taller, y una vez explicada la situación, el eficaz operario echó un rápido vistazo al cuadro de mandos del aire acondicionado, y con un ligero pero firme giro de muñeca hacia la izquierda rotó la rueda de la temperatura trasladándola desde el rojo del calor bochornoso en la que estaba colocada al del azul propio del agradable frescor. Accionó el aire acondicionado y, a los pocos segundos, una placentera y glacial brisa salía por las rejillas.
—Ya está arreglado. Si pone usted la ruleta en la parte azul, la del frío, pues mejor que mejor —me soltó con sorna el mecánico.
—Es que estoy de obras —le reconocí.
—Se entiende.
—¿Le debo algo? —pregunté
—Con las risas que me voy a echar contando el magistral arreglo me doy por bien pagado.
Nuestro país parece que también está metido en albañiles, aunque la reforma que el maestro de obras Rajoy le está aplicando no sea para nada de nuestro agrado. Demasiados retoques en algunos muros que no necesitaban arreglo alguno, y se deja sin corregir otros tabiques muy faltos de trasformación. Mientras que la pared maestra de la sanidad ha quedado muy menguada y con peligro de derrumbe, el ornato de cargos públicos parece que no se le ve menguar. A alguno mandaba yo al punto limpio, y sin aire acondicionado.
Dice nuestro presidente, al que alguno ya ha visto hablando solo, que el año que viene terminan las obras en nuestro país y que España saldrá reformada y reforzada. Como sea tan fino pronosticando el final de la recesión como mis albañiles diciéndome lo que me queda de obra, tenemos crisis para Rato.
Pues ya saben, si estos días me ven charlando con un servidor por la calle, no me tengan por loco, comprendan mi situación, tengan piedad, soy solo un pobre “chas” con obras en su casa. Por cierto, alguien conoce algún sicario que me haga un buen precio. No, no pretendo que se cargue a nadie, solo quiero que se pase por mi casa y les haga un visita de cortesía a los albañiles, a ver si así se dan más aire colocando ladrillos.