Ah, vosotros también os acordáis: por eso he puesto la foto. A mí igual, se me puso una sonrisa tonta al verla. Gracias por compartirla en el grupo ‘Tú no eres de La Roda si no…’, Mayte Moreno.
Hará veintipico años de la última vez que me engalgué en esa cosa que no sé cómo se llama y que en compañía de los columpios, el tobogán y algún otro ente raro de hierro llamábamos ‘los columpios’, en un muy rodeño ejemplo de sinécdoque. Bueno, pues veintipico años después sigo sin adivinar para qué servía eso, cómo había que hacer uso oficial de ello. ¿Colgarse de los pies, boca abajo, como un murciélago? ¿Escalarlo, como hace una de las niñas de la foto? ¿Y bajarlo de cabeza, entonces? ¿O había que dar marcha atrás, una vez alcanzada la cima? ¿Girar el cuerpo arriba y bajarlo por el otro lado de culo? ¿Balancearse, simplemente, como hace la otra niña? ¿Hacer bíceps, asomando la cabecilla por entre los cuadros de hierro?
Juraría haber visto a un compañero de colegio cruzarse el bicho este de pie de principio a fin, más tieso que un palo, y casi que me atrevería a jurarlo sin que se me valgan las cruces. Estaba hecho de otra pasta, el tío. Para que os hagáis una idea: cuando ya nos empezaban a negrear los cascajos, salió del canal de Fuensanta no por las cadenas, sino por la pared de cemento, por pura fuerza y uñas. Esto sí que estoy en condiciones de jurarlo sin que se me valgan las cruces y que me muera ahora mismo si no es verdad, así que lo otro, lo de cruzar el columpio este de pie derecho también va a ser verdad y no un espejismo de la infancia.
La infancia entonces era eso: hierros, con sus aristas y su tétanos, y jugarse las palas y las rodillas. Los columpios (ahora hablo de los columpios-columpios) de entonces, respaldo y asiento, estaban hechos de láminas de metal tan finas como los quitamiedos de las carreteras que parten por la mitad a los motoristas. Hoy los columpios son bragueros de plástico, con todas sus formas redondeadas y sin ofrecer la más mínima posibilidad a la tragedia. Gracias a eso mi sobrina lleva disfrutando de los columpios desde antes de saber hacer ruido con la boca, por si a alguno nos está entrando el síndrome de que cualquier tiempo pasado fue mejor.
Y hasta aquí el pie de foto. Con que os haya hecho la mitad de ilusión que a mí verla, misión cumplida.
