El recuerdo amargo de lo que nos pasó la temporada pasada cuando jugamos con el Cádiz, me sirve de consuelo. Ayer las pasaron canutas y se llevaron los puntos con un penalti cuando ya enfilábamos la recta final. El segundo gol, no pasa de mera anécdota, con el tiempo vencido y los rojillos empeñados en una remontada imposible.
La Roda C.F. hizo lo que debía y lo que mejor sabe hacer. Esperar en su campo a un rival muy potente e intentar aprovechar sus valores más preciados, léase la velocidad y el desborde de Javilillo y las jugadas a balón parado, y procurar la ventaja con la envergadura de Garrido o Marcos Mauro, fundamentalmente.
En la primera mitad hicimos sufrir a los gaditanos. El rubio, que suele llevar un siete a la espalda, se consiguió escapar de su vigilante y mandó un balón envenenado al larguero de Aulestia. En ese mismo momento, si no antes, Claudio Barragán ya imaginaba que aquello no iba a ser fácil precisamente.
Con el cuchillo entre los dientes, rojos y amarillos se fajaron por la posesión y hemos de confesar que ahí, en esa faceta, estuvieron ellos más acertados. Claro, son el Cádiz C.F., el de verdad. El que tiene un manojo de futbolistas, Jona, Machado, Villar…, que pueden jugar sobrados en una categoría superior. No era cuestión, pues, de empeñarse en discutirles con el balón en los pies, sino de meterle a asunto un puntito mayor de intensidad. A los que son muy buenos, hay que soplarles detrás de la oreja, a ver si se asustan y no siempre vale a estratagema. Ayer no valió.
Perder contra el primero, contra el futuro campeón, entra dentro de lo aceptable. Hacerlo como lo hizo el equipo ayer, dando la cara, nos da motivos para creer. Si somos capaces de mantener la actitud frente a rivales de talla menor, el futuro se ve más despejado. Ser los cuartos por abajo no debe pasar de una mera situación transitoria, que vamos a revertir el domingo que viene. Sin ir más lejos.
Victoria del Alba a domicilio
Cuando marcó Airam en el último suspiro, ya iba ganado el Alba en Alcorcón. Hacía muy poquito que Pulido y Nagore habían metido el balón en la portería de Falcón. Antes, casi al principio, una jugada de Mario Ortiz, por la izquierda, encontró a Locomotoro Portu dentro del área, de manera que aquello terminó como debía. Remate del murciano al fondo de la portería. Empezaba bien la función, pero no había que descuidarse. Los de Alcorcón son zorros viejos en la categoría y cuando juegan en su campo meten presión como si fuera la última vez. Se trataba, entonces, de no dejarse arrasar, de enseñar los dientes nosotros también. Y de tener una poquita suerte, que hace mucha falta, qué les voy a contar.
Suerte, la que tuvieron ellos cuando Miguel Núñez despejó un balón en el área que se fue a estrellar en la pierna de Antonio Martínez, para terminar en la red del atónito Dorronsoro, ayer, por cierto, mucho menos veleidoso y bastante atinado, en general. La jugada fue como aquellas de futbolín en la que los delanteros remachaban –así lo decíamos, de críos- el tiro de los defensas, generalmente impulsados por el más bruto o el menos habilidoso de la cuadrilla. El caso es que empataron.
Cuando Samu se disponía a sacar la falta lateral, por la derecha nuestra, va Tano Mora, el de la tele, y dice: aquí viene el gol. Y vino. La clavó, el tío. Bueno el que la clavó de verdad no sabemos si fue Pulido –se lo merecía, en cualquier caso- o Nagore. La cuestión es que nos fuimos al descanso entre la esperanza de conseguir los puntos y la decepción por los que acababan de volar del Municipal.
No quedaban nada más que cuarenta y bastantes minutos por delante y un montón de retortijones de barriga. Y el aliento en las gargantas de un puñado de valientes que se fueron a demostrar que, a pesar de todo, creen en este equipo. Era cuestión de no defraudarles, de poner de manifiesto lo obvio: este equipo no es el peor de la categoría, ni muchísimo menos.
En ese empeño se iban consumiendo los minutos, d-e-s-p-a-c-i-o, muy d-e-s-p-a-c-i-o. Y conforme se acercaba el final, más nos íbamos por la patilla, desconfiados de tanto como llevamos acuestas. ¿A que nos empatan a última hora? rumiábamos entre dientes. Pero llegó Ruben Cruz, sí, el mismo que metió veintiseis goles la temporada pasada, ese al que creíamos que se le había olvidado el oficio, y colocó el balón en la frontal, se formó la barrera por detrás del spray blanco, nos encomendamos a todos los dioses del fútbol e imploramos: Rubén, métela, por tu padre. La metió por donde no se esperaba Falcón y allí nos abrazamos todos, los de la tele, los del campo, los de la grada. Menos mal. Ahora a disfrutar. ¿Cómo que a disfrutar? Al minuto escaso del acierto de Cruz, llegó otra vez Antonio Martínez y la mandó donde pretendía, donde no llegó Dorronsoro. Quedaba poco, pero quedaba. ¿Te apuestas a que la cagamos? Pero no. Terminó el suplicio y empezó, eso es lo que queremos por lo menos, un tiempo de vino y rosas que se merece este equipo y su entrenador. Nos alegramos por ellos. Y por nosotros.
